
Alguien que me quiere mucho me regaló hace unos días el nuevo libro de Woody Allen. "Pura Anarquía" es una colección de relatos cortos que bien pudieran conformar cada uno de ellos el guión de una película de mi neoyorquino preferido y que con unas dosis enormes de ironía, ingenio y ácida visión del mundo moderno me están haciendo pasar unos momentos fantásticos.
Aún a riesgo de infringir alguna norma de propiedad intelectual y rezando para que ningún sabueso de la SGAE lea esto, os dejo aquí un fragmento de uno de los relatos en el que Woody nos habla de los problemas de Harvey para elegir niñeras:
Nuestro hisotrial con las niñeras había sido una montaña rusa, por decir poco. La primera fue una sueca que se daba un aire al boxeador Stanley Ketchel. Mujer de maneras parcas, sabía imponer disciplina entre la prole, que empezó a mostrar buenos modales en la mesa pero también inexplicables contusiones y moratones. Cuando nuestra cámara oculta la sorprendió con mi hijo atravesado horizontalmente sobre los hombros, doblándolo una y otra vez, en lo que se conoce en lucha como el quebrantahuesos argentino, interrogué a la mujer acerca de sus métodos.
Poco acostumbrada a las intromisiones, me levantó de los mocasines y me inmovilizó contra el papel de la pared a casi un metro del suelo.
- Mantenga la nariz fuera de mi tazón de arroz -aconsejó-, a menos que quiera acabar hecho un nudo de rizo.
Indignado, la puse de patitas en la calle esa misma noche, sin más ayuda que la de una comando del GEO.
Su sucesora, una au pair francesa de diecinueve años llamada Véronique, rubia, toda contoneos y arrullos, con los morritos de una actriz porno, las piernas largas y bien torneadas y una delantera que casi requería andamiaje, era, con diferencia, menos agresiva.
Lamentablemente, su dedicación a nuestra descendencia adolecía de superficialidad, pues prefería apoltronarse en la chaise longue sin más indumentaria que una combinación y ventilarse trufas de chocolate mientras hojeaba las páginas de W. Yo demostré mayor flexibilidad que mi esposa a la hora de adaptarme al estilo personal de la criatura e inclusó intenté ayudarla a relajarse con algún que otro masaje en la espalda, pero cuando mi yugo se dio cuenta de que había adquirido la costumbre de usar cremas Max Factor y llevarle el desayuno a la cama a la pequeña gabacha, metió una nota de despido entre los pliegues de la poitrine de Véronique y plantó su Louis Vuitton en la acera.
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