El 21 de marzo me examiné por fin. Digo por fin porque el día del examen parecía no llegar nunca. Como ya expliqué, el día exacto en el que uno ha de examinarse es una incógnita que en muchas ocasiones no se despeja hasta el mismo día del ejercicio. Y así me ocurrió a mi. Durante varias semanas parecía que me iba a examinar a mediados de marzo, pero según pasaban los días y se acercaba dicha fecha, nuestro pronóstico se mostró equivocado. En un principio el Tribunal emprendió un ritmo acelerado que trasladó mi turno a principios de mes. Luego, como si se hubieran cansado con semejante sprint, el Tribunal ralentizó su marcha de modo que la cruz en mi calendario abandonó la primera semana de marzo y avanzó poco a poco, día a día, hasta dejar tras de sí dos tercios de mes.

Por fin, tras dos semanas en las que parecía que me podía examinar en cualquier momento, viajé a Madrid el martes 20 puesto que, con mucha probabilidad, estaría convocado para el día siguiente. Y así fue, sin embargo ocupaba el cuarto puesto de los que se iban a examinar ese día, por lo que llegamos al Tribunal Supremo convencidos de que, probablemente, no me tocaría hasta el día siguiente, el 22. Sin embargo, una vez más, quedó demostrado que es más fácil acertar sobre la próxima tontería que dirá Aznar (¿que a Kennedy lo asesinó el GAL, quizá?), que sobre cuando demonios se examina uno. En primer lugar resultó que yo no era el cuarto sino el tercero en la lista de ese día por lo que mis papeletas para que me tocara aumentaron muy considerablemente. El temor se confirmó poco despues: la opositora que actuaba en primer lugar no acabó el ejercicio. Alea jacta est: ya era seguro que esa tarde saldría del Tribunal Supremo de un modo u otro, pero examinado.

Siempre imaginé como sería mi reacción al escuchar mi nombre antes de entrar a la Sala donde tendría que examinarme. ¿Me pondría nervioso y me echaría a sudar? o por el contrario: ¿sería capaz de mantener la calma y entrar con paso firme y cabeza alta? En mi mente me había representado muchas posibilidades pero en ningún momento había previsto lo que realmente ocurrió: el momento solemne en el que anuncian que es tu turno, en el que claman tu nombre y tus apellidos para que des el paso que te conducirá inexorablemente a presencia del Tribunal Calificador, el momento para el que te has estado preparando durante tanto tiempo, sencillamente me pilló en el baño. En el baño y orinando, menos mal. Hubiera sido mucho peor que me hubiera cogido sentado y con los pantalones por las rodillas. Puede parecer broma pero así fue, la segunda opositora de la tarde entró y yo decidí ir al baño a orinar convencido de que, como mínimo, pasarían 15 minutos para que me tocase a mi. Nuevo error de cálculo. La pobre mujer no llegó ni a sentarse: sacó las fichas con los temas que debía exporner y decidió abandonar el examen de inmediato. Así que de este modo, los 15 minutos se convirtieron en segundos y la bedel que me anunciaba tuvo que esperar a que terminara de vaciar la vegiga y a que, por supuesto, me lavara las manos, que uno es opositor pero muy limpio.

A pesar de la situación, afronté el momento con mucha calma. Salí del baño, que por suerte estaba justo enfrente de mi Tribunal y sin solución de continuidad entré en la Sala. Si una imagen vale más que mil palabras, una panorámica de 360º debe tener un valor incalculable, así que en lugar de extenderme en prolijas descripciones sobre la solemnidad de la Sala y su configuración, mejor haced click aquí y veréis por vosotros mismos cómo es la Sala en la que me examiné.

¿Y para qué extenderme más? Entré, saqué las fichas, hice el esquema durante los 15 minutos previstos y comencé el examen. El primer tema lo expuse, desde mi punto de vista, bastante bien. Era un tema muy doctrinal y teórico, con poco espacio para el derecho positivo, así que se trataba más bien de no dormir al Tribunal. El segundo tema era todo lo contrario: un tema muy técnico sobre los principios del registro de la Propiedad. Por los nervios o la inseguridad cometí el error de no “clavar” los artículos de la Ley Hipotecaria y me dediqué a integrarlos en la exposición del tema. Parece que esto no le gustó nada al Tribunal porque al acabar dicho tema el Presidente, muy amablemente eso sí, me indicó que me faltaba rigor y que estimaban que era mejor no continuar.

De este modo terminó mi experiencia ante el Tribunal. Evidentemente no puedo decir que todo haya sido perfecto. Ni siquiera logré acabar el examen, así que difícilmente puedo hablar de éxito. Pero sin embargo estoy muy contento de mi periplo madrileño. He comprobado que mi actitud es buena, mantengo la calma, consigo hablar alto y claro, gesticulo para no resultar monótono. En definitiva, esperemos que la próxima vez, con mejor preración, el resultado sea aún mejor.

Por último, no querría acabar este repaso sin mencionar y agradecer con todo mi corazón a quien más me ha acompañado durante todo este proceso. Ella se encargó de todo: reservar hotel, planear viaje, comprarme revistas con crucigramas para tenerme entretenido, darme ánimos y calor en la fría Madrid. Por todo ello: gracias Macarena. Todo sería más complicado sin ti.

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Una Respuesta a “De examen”
  1. Gracias por la descripción. Este junio espero acabar la carrera y tengo pensado opositar a juez… muy interesante el post. ¡Qué respeto da esa sala del TS!

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