No salgo de mi asombro. Cuando parecía que no podían caer más bajo, los conspiranoicos del 11-M vienen y me demuestran que con imaginación, empeño, una buena financiación y mucha cara dura son capaces de cualquier cosa.
La semana pasada, los abogados que promueven la teoría de la conspiración (los de alguna defensa y, lo que es más lamentable, los de la acusación sostenida por la Asociación de Víctimas del Terrorismo) ya dejaron el listón de la desvergüenza muy alto con el "interrogatorio" a varios miembros de ETA. Si pretendían ganar credibilidad con la foto de tres asesinos vascos en el juicio, lo único que consiguieron fue llamar "Señor" a Henri Parot y oír como los etarras se reían ante preguntas como: ¿ha estado usted en Irak?".
Ahora, agotado (por el momento) el cartucho de ETA en el 11-M, lo que toca es marear la perdiz con otra de las bazas conspiranoicas: los explosivos. Pero esta vez, conscientes de que las apuestas solo pueden subirse, lanzan un órdago tremebundo y miserable: proponen la exhumación de los cadávares para comprobar qué explosivo estalló el 11 de marzo de 2004. La reacción de las víctimas no se ha hecho esperar, y es normal. ¿De qué sirve exhumar cuerpos destrozados que llevan más de 3 años bajo tierra? Es muy improbable que esos restos puedan clarificar nada sobre la composición del explosivo dada la contaminación de las muestras. Pero lo más grave, es que la petición de exhumar los cadáveres no responde en nigún caso al intento de descubrir qué explotó el 11-M sino, simple y miserablemente, al intento de enmarañar más y más el asunto para extender la idea de que sobre el 11-M nada está claro y que, por lo tanto, todo es posible: desde ETA hasta la mano negra socialista que provocó el atentado para ganar las elecciones.
¿Qué será lo próximo? ¿Llamar a Ben Laden a declarar? ¿A la bruja Lola? ¿Solicitarán al juez que autorice el uso de la ouija para interrogar a los que murieron en Leganés y descubrir si son suicidas o suicidados?
Mucho me temo que no lo hemos visto todo aún y que seguirán en su empeño solicitando más y más pruebas, cada cual más peregrina. Da igual lo que pase. No importa que las evidencias vayan desmontando una a una las teorías conspirativas. ¿Qué más da? Mientras el juez no lo remedie, siempre habrá alguien tras la puerta de la Sala de Justicia gritando: "¡Y dos huevos duros!"
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